Todo surge a partir de un vídeo que he visto por facebook y una idea que también he robado de un documental sobre redes sociales
+ “El derecho al olvido”
(Perdón Mariola por robártelo)
La era de internet y la información ha traído consigo efectos secundarios, algo más que una resaca. Ha traído cambios en la cultura y en la forma de vida de la gente. La libertad digital venía de la mano de la obligación de involucrarse, empezó posiblemente con el móvil (hoy en día maldecimos a quien no lo tiene por no poderle localizar); pero le siguió el tener Messenger, y hoy en día tener LinkedIn y Facebook es condición indispensable para estar en el mercado laboral y el “mercado social” (sí, hoy en día la ‘sociabilización’ es un mercado muy rentable).
La primera parte de los 90 fue la época de esas páginas horteras y estridentes que tenían mil colores, música cuando accedías y letras que parpadeaban; en la segunda parte fue la época de “Acepto las condiciones”, comenzó con aquel botón al instalar Windows y luego aparecieron en todo tipo de programas, páginas web,… Este hecho, sin trascendencia, tenía como fin preservar los derecho de los productores de sowfware o contenidos; y si no lo inclumplías parecía razonable que puedas tener problemas legales. Sin embargo alguien se dio cuenta de que en ésto estaba el truco. Hoy en día esas condiciones legales no hablan del producto que compras si no de lo que tú les estás vendiendo por usar su plataforma. Sin más ha habido mucha controversia sobre a quién pertenecían las fotos que subes en la famosa red social: a ti o a la empresa que monta la plataforma.
En todos esos “Acepto” hemos aceptado la “venta” de toda nuestra información; hemos cedido el control “de todo aquello que nosotros quisiéramos compartir” (claro que hoy en día quien no comparte en internet es un bicho asocial y deleznable). Hoy una persona media de un país desarrollado ha cedido los derechos de sus fotos, ideas, comentarios, relaciones, agendas, viajes, ubicación instantánea, archivos, … si esa persona quiere, claro.
A todo esto hay que sumarle que la tendencia aperturista que brindaba la libertad de estar en internet se ha “redirigido” a otra tendencia más formal de control. Por poner un ejemplo, yo puedo saber que han hechos mis amigos en los últimos 15 minutos, dónde está mi novia ahora mismo (con un margen de error de 300 metros), quién se encuentra conectado a internet e incluso a con quién está ligando alguno de mis contactos.
Algunos paranoicos sacarán a relucir esa frase que a mí tanto me gusta “¡¡ya os lo digimos!!” – seguro que a alguno de vosotros os sonará el nombre de Echelon, en fin-. Antes se hablaba de que los gobiernos querían controlar todo lo que hacía la gente; ahora es que lo hace una niña de 16 años. Ahora es cuando se ve la potencia de la informática/tecnología, ahora que el gigante de las búsquedas te ha enseñado que puede mostrarte donde estás en cada momento, dónde están tus amigos, y cuál fue tu ruta para volver de fiesta el otro día que llegaste borracho (interesante ¿no?, ya no tendré lagunas el domingo al despertar).
Por último, queda lo de olvidar la borrachera y el ridículo que hiciste anoche en la fiesta de tus amigos… pero ya es imposible, las fotos están en tres muros, dos micro posts y saben todos los detalles diez de tus amigos cercanos, tres familiares y dos compañeros de trabajo (entre los que puede estar incluido tu jefe). En la tele comentaban que el ser humano tiene derecho al olvido, a confundirse y a que en unos meses nadie lo recuerde, el derecho al borrón y cuenta nueva; pero ya es casi imposible. O tienes una vida intachable o internet sacará a la luz aquella vez que de disfrazaste de mujer; y no es lo mismo justificárselo a tus amistades que a la chica de recursos humanos que te esta haciendo la entrevista de trabajo. Sobre este tema ya han surgido oportunistas que han montado el negocio: desde las empresas que borran de internet esas pequeñas máculas con las que no quieres vivir a las que te crean una imagen perfecta; incluso las hay que cuando la palmas, si la familia lo desea, recoger toda tu información en internet y se la entregan en un pen-drive con forma de ataúd. Y que contaros del “doble check”; menudo jaleo.
Al final asumir el compromiso (las condiciones del contrato) que hoy en día significa involucrase con los medios y herramientas (redes sociales, comunicación global, el control sobre la vida de los demás) que la tecnología nos pone delante, supone asumir que tendremos que pagar la deuda asociada a ellos (perdida de privacidad, el control sobre nuestra vida, la necesidad poner nuestra vida disponible en cada momento).
Pues nada ahora toca aprender a convivir con con “doble check”. Suerte.




